
Visité el Liceo Bicentenario de Excelencia Polivalente San Nicolás en la Región de Ñuble, en Chile, con la curiosidad que me provoca siempre conocer las escuelas que logran resultados extraordinarios en contextos donde —históricamente— la desigualdad ha clausurado oportunidades. Lo que encontré en San Nicolás no fue sólo una escuela exitosa: fue un laboratorio vivo, un proyecto colectivo que respira convicciones profundas, liderazgo distribuido y un compromiso casi visceral con romper el determinismo social.
Cuando digo “visceral” no exagero. El propio director, Víctor Reyes, profesor de química e hijo de campesinos, me contó que su vocación educativa nació de la experiencia de la marginación, de saberse “un muchacho del campo” que conoció el bullying cuando llegó a la ciudad, y que entendió, desde muy temprano, la urgencia de igualar el punto de partida. “El liceo es la esperanza de los más pobres”, me dijo, con una sencillez demoledora.
La flexibilidad como derecho
En San Nicolás, el currículo no es un corsé que asfixia la diversidad de trayectorias. Todo lo contrario. Desde 2010 comenzaron a implementar un modelo de agrupaciones flexibles, inspirado en lo que el propio director observó en una high school de Alberta, Canadá. Allá, una niña mexicana le explicó que estaba en una “matemática bajita”, para después poder subir de nivel. Esa anécdota lo llevó a diseñar un liceo que no haga sentir a los estudiantes culpables de no estar “en la norma”, sino que los reciba ahí donde están, con sus saberes, intereses y ritmos, y los acompañe a ascender.
Hoy, el liceo agrupa a las y los estudiantes según sus niveles de apropiación de contenidos, pero sin sacrificar el desarrollo de habilidades superiores. En el grupo STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), por ejemplo, se ha reducido la cobertura curricular tradicional para dar más tiempo a la indagación científica, a proyectos que requieren exponer frente a públicos y a investigaciones como la medición del retroceso de los glaciares. Sus profesores y profesoras me contaron con orgullo cómo estos estudiantes se sienten en un “lugar seguro, casi un refugio”, dentro de un curso heterogéneo. Y también cómo esa confianza los ha llevado a ganar ferias científicas nacionales, con proyectos que ahora buscan financiamiento para llegar a Abu Dabi.
Autonomía y liderazgo distribuido: el núcleo duro
Si algo caracteriza a este liceo es que la autonomía docente no es un discurso vacío. Es una práctica cotidiana, sostenida por un liderazgo distribuido que desmontó el modelo vertical clásico. “Aquí los profesores no tienen miedo a equivocarse; al contrario, experimentan. La enseñanza es una ciencia con variables dependientes e independientes: el aprendizaje depende de lo que hace el profesor”, me dijo el director, casi con la emoción de quien relata un hallazgo químico.
En el grupo focal con docentes, la profa. Loreto, que dejó Concepción para venirse a este proyecto, relató cómo trabajan en interdisciplinas con GeoGo y Geomática, uniendo geografía crítica, sistemas de información geográfica y STEM. Todo nació porque vieron que eso no existía en el currículo nacional, así que lo crearon. El profesor de tecnología, que próximamente viajará a Taiwán, contó cómo diseñaron clases sin manual, a partir de problemas reales que integran física, geografía y uso de drones.

Foto: Arcelia Martínez Bordón (con permiso de las autoridades de la escuela para publicarla)
Las reuniones semanales —los lunes después de las 17:30— son como consejos ejecutivos por área. Allí los mentores y profesores diseñan, ajustan, alinean. No hay “consejos masivos”; cada uno elabora su plan anual desde lo que emergió en su equipo, y así el presupuesto del liceo también se distribuye con base en esas decisiones. Esa ingeniería organizacional ha sostenido el dinamismo. Los docentes mismos presionan a la dirección para tener apoyos, porque son ellos quienes buscan financiamientos, presentan proyectos y establecen redes con universidades y la industria. “Aquí, el que no se sube a la máquina, no funciona”, me resumieron con ironía y orgullo.
Evaluaciones para acompañar, no para castigar
Otro rasgo que me llamó la atención es el uso estratégico de las evaluaciones. Las pruebas DIA (Diagnóstico Integral de Aprendizaje) y el Erce Escuelas devuelven información por alumno y por grupo en tiempos muy rápidos, lo que permite reorientar de inmediato. También tienen evaluaciones mensuales de nivelación, para organizar los agrupamientos, focalizar intervenciones y ajustar didácticas. Las Pruebas SIMCE, cuyos resultados llegan con un poco más de retraso, y sólo a nivel escolar, sirven para validar lo que ya se sabe: que el colegio lo está haciendo bien, lo que es indispensable para seguir recibiendo fondos.
Al preguntarles por la PAES, la prueba de ingreso a la universidad, una maestra de cuarto medio (lo que equivaldría en México al tercer año de la media superior) me explicó que en el liceo se simulan estas pruebas. No se trata de hacer pruebas distintas, porque todos rendirán las mismas, sino de adaptar los procedimientos pedagógicos del liceo para ayudarles a fortalecer (en el caso de las pruebas de lectura, por ejemplo), sus habilidades para localizar, interpretar y evaluar contenidos.
El trabajo sostenido en el liceo ha dado frutos. Hoy 93 % de sus egresados logra acceder a la universidad o institutos técnicos, frente a apenas un 2 % en 2007.
Arte, música y deporte: la otra cara del aprendizaje
Recorrer las aulas de música y artes fue como ingresar a otro ecosistema, aunque en perfecta sintonía con el proyecto pedagógico del Liceo. Observé grupos ensayando con entusiasmo: la Big Band interpretaba rock, mientras un conjunto de música y danza folclórica me regaló durante la visita una vibrante ejecución de “La Bamba” y de la Cueca, la danza nacional chilena desde 1979. También escuché a un estudiante ejecutar “Rapsodia Bohemia” de Queen y a un grupo dando sus primeros pasos en la música clásica. El mentor de música me explicó que la historia musical de Chile puede resultar tediosa si se enseña de forma abstracta, pero cobra sentido cuando cada uno la interpreta con el instrumento que decide desarrollar. Al finalizar el año, todo este trabajo confluye en un concierto que no es sólo una exhibición: es el cierre vital de un proceso de apropiación y creación.
En la clase de artes visuales el ambiente era igual de estimulante: hay clases de pintura con acuarelas y de diseño gráfico. Observé también a tres estudiantes diseñando una escultura en cartón y a otros estudiantes trabajando xilografía. Cada estudiante parecía dueña de su proceso.
El enfoque integral del Liceo trasciende lo curricular: hay cuatro idiomas (chino-mandarín, inglés, francés, alemán), academias científicas que trabajan los sábados, un salón de realidad virtual para estudiantes con discapacidad permanente, y un internado que aloja a 170 niños. Más de 600 estudiantes con necesidades educativas especiales están integrados en dinámicas que priorizan habilidades y no sólo contenidos. La escuela es, literalmente, un espacio de aprendizaje, innovación y cuidado.

Foto: Arcelia Martínez Bordón (con permiso de las autoridades de la escuela para publicarla)
El desafío de la equidad y la convivencia diversa
Pero no todo es perfecto ni está resuelto. En 2018 el sistema de admisión escolar (SAE) de Chile introdujo una mezcla social que en San Nicolás ha funcionado: ahora hay niños y niñas de la ciudad con más recursos conviviendo con hijos de campesinos. Esa “mixtura” es vista como positiva, pero también genera tensiones: el liceo tiene una capacidad fija y el algoritmo del SAE a veces deja fuera a niños de entornos vulnerables que viven muy cerca. Es un dilema que el propio director reconoce y que se ha llevado al parlamento chileno.
Por otro lado, el equipo docente reflexiona sobre cómo consolidar los procesos, sistematizar sus aprendizajes para compartirlos con otras escuelas y mejorar la infraestructura del Anexo en donde se ubica la básica. Les inquieta que un cambio en la administración —cuando pasen a un SLEP, o sistema local de educación pública— pueda amenazar la autonomía que tanto cuidan.

Foto: Arcelia Martínez Bordón (con permiso de las autoridades de la escuela para publicarla)
Una escuela sin culpa, ni jerarquías innecesarias
Quizá lo más conmovedor del modelo de San Nicolás es cómo se ha liberado del peso de las culpas escolares. Nadie es menos por estar en una agrupación que parte desde una “matemática bajita”. Nadie se queda sin espacio para explorar un talento, aunque no esté en el plan oficial. Los errores son leídos como pasos de un experimento. Y el liderazgo es menos jerárquico porque, como dijo el director, “no me gustan las jerarquías, me gusta escuchar”.
En medio del grupo focal, uno de los profesores de la academia de matemáticas contó cómo la autonomía también significa gestionar proyectos que permitan a los chicos competir en torneos nacionales e internacionales. Son estos mismos profesores y profesoras quienes forman equipos, planifican, acompañan y viajan con ellos, asumiendo que la enseñanza trasciende largamente la hora de clase.
Al cerrar mi visita, me pregunté cuántas escuelas así necesitamos para garantizar que la educación sea realmente un derecho que abre posibilidades, y no un filtro que ratifica desigualdades. El Liceo San Nicolás no es una receta —ni pretende serlo— pero sí un testimonio vivo de que cuando se coloca el aprendizaje real al centro, se distribuye el liderazgo y se desafían las ortodoxias, florecen proyectos que transforman la vida de miles de jóvenes.
Arcelia Martínez Bordón
Académica en la Universidad Iberoamericana. Coordina el Faro Educativo de la Ibero.