Vínculos renovados: docentes, madres y padres de familia

Antes de la pandemia, la dinámica relacionada con la educación era generosa con nuestros tiempos y respetuosa de nuestras ocupaciones y espacios. Mientras los padres de familia —en un acto de fe— depositaban a sus hijos en las escuelas para que adquirieran nuevos aprendizajes, las y los maestros impartíamos —en un ejercicio cuasi apostólico— las lecciones en nuestros respectivos salones de clases y horarios. Sin embargo, el covid-19 nos arrebató, entre muchas otras cosas, la armonía educativa y la convirtió en un demonio que asedia nuestra casa a toda hora.

El personal docente, las madres, los padres de familia, las y los alumnos intercambiamos roles para intentar proveer, recibir y asimilar los conocimientos correspondientes: el alumnado se convierte en personal docente; los maestros se vuelven madres y padres de familia que buscan dar seguimiento, por todos los medios posibles, a sus alumnos; los padres de familia se transforman en docentes de cada asignatura; estudiantes que escuchan las sesiones; prefectos que aseguran la entrega de las tareas y directores que gestionan los recursos. Pero, también, las madres y los padres, o en tantos casos las y los abuelos, se han convertido en evaluadores de la calidad educativa al tener la oportunidad de ingresar a las aulas virtuales. Sin más actos de fe y con evidencias tangibles, hoy tienen la posibilidad de ponderar el impacto de los contenidos en la formación de sus hijas e hijos, así como la pertinencia de la educación que ofrece el Estado.

Por su parte, las habilidades y hábitos del personal docente quedaron en evidencia ante la observación íntima de las familias que han podido contrastar sus expectativas con lo que en realidad obtienen tanto de la educación privada como de la pública.  En esta crisis se interceptaron la escuela y la casa: el mundo de afuera entró al de adentro a través de las herramientas digitales.

Esta confluencia de instituciones ha conducido a la reconfiguración de las relaciones entre las familias con los docentes y directivos. Por ejemplo, la encuesta Experiencias de las comunidades educativas durante la contingencia sanitaria por covid-19—realizada por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación en junio de 2020 entre alumnos, maestros, directivos y padres y madres de familia de escuelas públicas del país— muestra que la mensajería instantánea telefónica fue el principal canal de comunicación entre el personal docente y el alumnado, seguido de los padres y madres como transmisores de información. Asimismo, alrededor del 84% de los padres de familia recibió información directamente del personal docente, lo que favoreció la implementación de estrategias creativas e innovadoras para mantener el contacto con estudiantes y sus familias. 

Esta regeneración de la comunicación entre los miembros de la comunidad educativa, así como las acciones implementadas para la educación a distancia, ha propiciado el fortalecimiento de los padres de familia como participantes activos y críticos de las estrategias y los modelos educativos. Las interrogantes que emanan de ello son: ¿de qué manera se modificarán, a mediano y largo plazo, los vínculos entre las familias y el profesorado una vez que han compartido roles y han estrechado la comunicación? ¿El docente volverá a las clases presenciales intimidado o más capacitado?, ¿volverá con un amplio despliegue de recursos pedagógicos-tecnológicos o reinstalado en su zona de confort prepandémica? ¿Los padres y las madres acusarán recibo por el lugar que tuvieron que suplir y recriminarán las fallas a las instituciones o se mostrarán empáticos y agradecidos? ¿Presenciaremos la renovación de un pacto entre las familias y las instituciones escolares?

Ilustración: Raquel Moreno

La educación como servicio. La parálisis de los beneficiarios

En el periodo de la posguerra, el paradigma educativo se centró en el individuo como un sujeto dislocado de su entorno y en el pragmatismo como método pedagógico. Éste consistió —de acuerdo con Hannah Arendt— “en la sustitución, tanto cuanto sea posible, del aprendizaje por el hacer”. El pragmatismo pedagógico se exacerbó con el auge del neoliberalismo y se instauró la concepción de la educación como un producto de comercialización. Súbitamente “esta materia gris intelectual trajo consigo las mismas consecuencias que cualquier materia prima: comercio, dinero, poder, tentación de monopolio y, en una palabra, lo que transforma cualquier objeto, aunque sea intelectual, en mercancía”.

En el caso de la educación privada, las familias se comportaron en muchos casos como clientes; ello acarreó la demanda de mayores funciones por parte de las escuelas, que lo presentaron como “calidad”. Lo anterior creó diferencias entre la oferta educativa, sustrajo a la educación de la esfera pública y la situó como un bien de consumo privado. En consecuencia, los clientes exigieron beneficios inmediatos (instalaciones de primer nivel, actividades curriculares y extracurriculares, maestros profesionalizados y complacientes, entre otros) que maximizaran las utilidades de su inversión. Las familias se concibieron como consumidores pasivos de un producto y se desligaron de su participación en el proceso educativo.

Por su parte, los usuarios de la educación pública se resignaron a aceptar lo que se les ofrecía ante la insuficiencia de mecanismos efectivos para incidir en los programas, o simplemente, fueron condescendientes con los esfuerzos del Estado por asegurar el derecho a la educación. En ambos casos —la educación privada y la pública— sobrevino la parálisis de los beneficiarios para involucrarse activamente y, con ello, el distanciamiento entre los distintos actores educativos.

El desgaste entre familias y profesores. Las cargas del neoliberalismo

Con el apogeo de los gobiernos neoliberales, la división de funciones designadas a la escuela y a la familia se difuminó: la escuela se convirtió en una “institución total” que asumió tanto la formación integral de la personalidad (formación moral, cívica y de socialización primaria), como el desarrollo cognitivo y cultural, eximiendo a la familia de su rol como proveedor originario de educación.

De acuerdo con el estudio Condiciones de trabajo y salud docente presentado por la UNESCO en 2005, en los casos de Argentina, Chile, Ecuador, México, Perú y Uruguay, los maestros percibieron como principales obstáculos al cumplimiento de su labor pedagógica el abandono de los padres, la pobreza y la violencia intrafamiliar como factores sociales gravitantes, que influyen desde el entorno hacia el interior de la escuela.

De igual forma —y desde un enfoque pesimista— algunos autores consideran que, mientras la concepción tradicional de la educación posicionaba a los profesores por encima de los padres, el modelo neoliberal los confrontaba. Ejemplo de ello son casos de estudio realizados en escuelas primarias mexicanas donde se documentó la correlación entre el vínculo padre/madre-profesor/a y la permanencia escolar: “Si [los padres de familia] tienen roces con los maestros o si sienten que les exigen demasiado, se pone en peligro la asistencia escolar de sus hijos”.

Si bien la literatura pareciera inclinarse hacia una visión poco alentadora sobre esta relación, la incursión de las tecnologías de información y comunicación (TIC) en las comunidades educativas ha modificado positivamente los vínculos, aunque con algunos efectos negativos como la sobrexigencia de información por parte de los padres de familia y el consecuente descargo de responsabilidades de los alumnos. No obstante, la pandemia podría representar una oportunidad para recomponer estas desviaciones y alentar la participación de los padres y madres en los procesos de diseño y mejora de las estrategias pedagógicas bajo el entendido de revitalizar (o instaurar) el modelo de gestión democrática de la educación.

Aprovechar la crisis. Hacia la renovación de los lazos entre la comunidad educativa

La popularización de la comunicación electrónica y digital con fines educativos es relativamente joven; sin embargo, a partir de la actual crisis sanitaria, las herramientas como la mensajería instantánea —prácticamente prohibida antes de la coyuntura por la privacidad de los datos personales—, el correo electrónico y las videollamadas se convirtieron en la base de las estrategias educativas generando vínculos inmediatos entre sus miembros.

Por su parte, las dinámicas de convivencia evolucionaron hacia la cooperación y el cuidado del otro; hacia una labor conjunta que permitiera alcanzar las metas de aprendizaje privilegiando paralelamente los factores afectivos y sensitivos. De acuerdo con la encuesta Experiencias de las comunidades educativas durante la contingencia sanitaria por covid-19, los docentes percibieron cambios significativos en sus tareas. En orden de mayor a menor mencionaron el aumento de tiempo dedicado a orientar a las familias para que apoyaran a sus hijos; retroalimentar directamente a los estudiantes, y brindar apoyo emocional a sus alumnos, logrando así reposicionar la misión de la educación desde un enfoque humanista. “Al maestro se le dificulta comprender la importancia del afecto en la educación y no logra reconocer que la sociedad en que vivimos es compleja, incoherente y desigual. Por otro lado, y más traumático aún, se evidencia que los sistemas familiares no cumplen con el rol psicoafectivo necesario para lograr un aprendizaje significativo de sus hijos”. Al respecto, se ha demostrado que el afecto de los padres, el tiempo de dedicación a los hijos y su interés por conocer a sus maestros estimula el esfuerzo escolar del alumnado. Ahora que la pandemia ha conseguido atraer nuevamente la atención de los padres de familia en la educación, ¿cómo encontrar el punto medio de este nuevo acercamiento, quizás demasiado estrecho, quizás estresante, entre los involucrados y aprovechar la regeneración de esos lazos desgastados?

Por su parte, el misterio de lo que ocurre en el aula de clases quedó develado y las madres y los padres de familia pueden escuchar de viva voz, sin que medie la paráfrasis de la hija o del hijo, las palabras de la profesora o profesor. Desde la ventana de la computadora o los dispositivos móviles, los maestros son sometidos a juicios sumarios: desde el espacio donde imparten su clase, los sonidos que los envuelven, la calidad de su internet, la puntualidad en sus sesiones, el lenguaje verbal y el no verbal, el dominio del tema, la calidez de su trato o la exigencia de sus actividades. ¿De qué manera se pueden dirigir críticas constructivas hacia el profesorado sin quebrantar su autoestima y esfuerzos, y que éstas, a su vez, se traduzcan en acciones de mejora permanente para las estrategias de aprendizaje?

Resulta también oportuno desterrar la visión de la educación como simple producto de comercialización. Esta visión desvirtúa los esfuerzos por combatir las desigualdades sociales —por el contrario, las perpetúa—, además de que deforma las relaciones entre la comunidad educativa en detrimento de las capacidades de los estudiantes como agentes de transformación de la realidad.

La crisis sanitaria debería vislumbrarse como el parteaguas de un pacto comunitario educativo renovado. Como tal, debe promoverse la revitalización de la educación a través de mecanismos de colaboración auténticos, que sean resultado tanto del fortalecimiento de los hábitos de participación como del logro de mejores resultados del aprendizaje y justicia social para todos los integrantes.

 

Sarah Banderas Martínez
Docente en la Universidad Iberoamericana Puebla.