Consejos para sobrellevar la escuela en casa

Colegas, investigadores y expertos en educación han analizado y escrito oportunamente sobre la situación educativa de nuestro país en el marco de la crisis sanitaria. Por citar algunos ejemplos, se ha resaltado la importancia de que la Secretaría de Educación Pública apoye y oriente a los actores educativos; otros han hablado de los retos que enfrentan el sistema educativo y los maestros para ofrecer educación a distancia; también se enfatizaron los riesgos que el confinamiento genera para la conclusión del ciclo escolar. Algunos han analizado la situación educativa nacional ante la pandemia; cómo enfrenta la situación México en comparación a cómo lo hace el resto del mundo; también han identificado retos que quedarán a futuro. La Red de Mujeres por la Educación (MUxED), de reciente creación, ha publicado experiencias de mujeres frente al confinamiento. En este marco, he decidido abonar a la discusión no sólo desde mi profesión como investigadora de la educación sino desde los aprendizajes personales al tratar de llevar “escuela en casa”, aclarando que en las circunstancias que vivimos el concepto “escuela en casa” es quizás inadecuado pero frecuentemente utilizado.

Describo brevemente mi situación: afortunadamente mi esposo y yo estamos trabajando de manera remota con nuestros hijos de 6 y 4 años de edad en casa. Iniciamos nuestro confinamiento el 17 de marzo. Antes de cerrar, la escuela de mis hijos —como muchas otras— nos pidió recoger sus cuadernos y libros, y nos proporcionaron listas de actividades que debían realizar diariamente. A partir del 20 de abril la escuela inició formalmente clases virtuales. Así, mis hijos tienen una clase virtual por la mañana (con duración de entre 40 y 50 minutos), y un plan muy detallado de actividades diarias. Entre ellas hay investigaciones, lecturas, ejercicios de escritura y matemáticas, manualidades y ejercicios de activación física.

Ilustración: Estelí Meza

Al iniciar la contingencia adopté a mis hijos como “mis estudiantes”. Por su naturaleza, mi trabajo es mucho más flexible que el de mi esposo, así que he sido yo quien desde un inicio ha sentado a “mis estudiantes” a mi lado para que realicen sus tareas mientras trabajo. Me peleaba con mis labores y con ellos, ya que no entendía por qué no trabajan de manera independiente. Quizás la respuesta era obvia, pero me tomó lucha y estrés aceptar que ninguna de las actividades sugeridas podían realizarse de manera independiente por estudiantes de las edades de mis hijos.

Me sentía molesta y frustrada. No con “mis estudiantes”, sino conmigo. Estaba estresada e histérica intentando hacer trabajo y escuela en casa de la forma que se hacía antes del Covid-19. Ello me llevó a la reflexión. Estos tiempos extraordinarios requieren medidas y aproximaciones extraordinarias. Hacer escuela en casa no debiera significar hacer las mismas actividades que se realizaban en la escuela, mucho menos hacer más actividades de las que se hacían en la escuela. Decidí optar por un modelo más flexible, que prioriza las habilidades y competencias que me gustaría que “mis estudiantes” desarrollen, practiquen y mantengan de acuerdo a su edad. Estas son: motricidad, lectoescritura, competencias numéricas y habilidades blandas o para la vida. Una vez que logré definir eso, dejé de lado las muchas hojas de trabajo, reportes, planas. Particularmente dejé de forzar a mi hijo mayor a leer el libro requerido, que claramente no entendía ni le interesaba. Decidí que tanto “mis estudiantes” como sus padres necesitaban una rutina para lograr tener certidumbre.

Comparto la rutina a la que llegamos en familia para nuestra semana laboral —así tenemos una distinta para los fines de semana, aunque estemos en el mismo espacio físico—:

1. En los días hábiles nos despertamos a las siete, un poco más tarde de lo que haríamos normalmente. Nos vestimos (nadie se queda en pijama) y desayunamos.

2. Vamos a nuestro espacio destinado para “escuela en casa”. Nos conectamos a las clases virtuales. A veces funcionan bien y los niños logran concentrarse y participar de forma ordenada, otras no tanto. He tenido que aprender a aceptarlo.

3. Después de la clase virtual realizamos tres actividades consecutivas de la escuela. “Mis estudiantes” saben que haremos sólo tres y esa certeza genera que las hagan con gusto. Yo elijo las actividades de su lista de planeación diaria. Por ello, casi nunca cumplimos todo lo esperado, pero mi lema es: más vale calidad que cantidad.

4. Cuando terminamos las actividades de escuela me voy a trabajar (a mi espacio adaptado como oficina) y mis hijos tienen tiempo libre de juego y toman un refrigerio. Lo llamamos recreo.

5. Después tenemos tiempo de juego dirigido con crayolas, pinturas, rompecabezas, bloques de construcción, pista de trenes y otros juegos didácticos. Yo sigo trabajando, pero de cuando en cuando me acerco a ellos para darles indicaciones que han de recordar y cumplir en mi ausencia. La casa queda hecha un campo de guerra pero ellos la pasan bien; me siento tranquila pues están desarrollando habilidades y competencias.

6. Así llegamos a la hora de la comida. Comemos juntos, cosa que no pasaba antes del Covid-19 y todos agradecemos. Durante la comida platicamos y tratamos de hacer a “nuestros estudiantes” hablar. Que hablen de lo que sea: de invenciones, de películas, de cuentos. Tenemos también a la mano un juego de memoria, un dominó y un juego de cartas; a veces jugamos mientras comemos.

7. Después de la comida, “mis estudiantes” pueden jugar videojuegos y los adultos regresamos a trabajar. He de confesar que antes del Covid los videojuegos estaban vetados en casa, pero la pandemia ha permitido medidas extraordinarias. También “engaño” a “mis estudiantes” pidiéndoles que jueguen en una plataforma particular que recomendó la escuela: starfall. La plataforma gratuita incluye cuentos, ejercicios de matemáticas y juegos de palabras. Así juegan y juegan hasta que hay que decirles que es hora de parar.

8. Después, dependiendo de si ya estoy libre de trabajo para acompañar a “mis estudiantes”, alternamos actividades. Si sigo ocupada, “mis estudiantes” salen a un pequeño patio en el que corren o juegan algo de pelota cuando el sol ya ha bajado. Si ya me he desocupado, me siento con ellos para que mi hijo mayor nos lea un cuento. Él lo elige y su hermano y yo lo escuchamos. Así lee de buena gana y tranquilo.

9. Más tarde destinamos tiempo para movernos un poco. Salimos a caminar en nuestra calle. Caminamos en familia, llevando las debidas precauciones. Este momento se ha vuelto el favorito de todos.

10. Regresamos a recoger el campo de batalla. Llega la hora del baño y de la merienda, que es la misma de antes de la contingencia. Cerramos el día con un cuento antes de dormir y todos a descansar.

Por último, quiero resaltar algunas reflexiones:

• La escuela como institución tiene la labor de fomentar la comunicación, el respeto y el diálogo para generar un clima adecuado para el aprendizaje. Hoy, cuando la escuela es también la casa de los niños, necesitamos generar espacios seguros, amables y propicios para el aprendizaje. Las rutinas familiares aportan una certeza que mejora los ambientes de convivencia y, por ende, lo que los niños pueden aprender en casa.

• Decidí escribir acerca de nuestra rutina no porque crea que encontramos una receta infalible. La escribo porque creo que nadie tenía un plan para la contingencia y, a base de ensayo y error, hemos buscando una rutina que nos funcione. Supongo que cada familia, sin importar su composición, estará explorando qué rutina les sirve. Les he mostrado la nuestra y espero sirva para tomar ideas.

• Estoy consciente que nuestra rutina puede llevarse a cabo dada la situación laboral y socioeconómica de mi familia. Estoy consciente de que en muchos hogares las ocupaciones y responsabilidades de padres y cuidadores principales hacen que, aunque se quiera, la realización de escuela en casa sea prácticamente imposible. Es para aquellos estudiantes que las medidas de compensación serán más urgentes y necesarias una vez que reabran nuestras escuelas.

• Vale destacar que he dejado fuera las pláticas y ajustes que hemos realizado mi esposo y yo para balancear las responsabilidades y sortear las agendas de trabajo, escuela y casa. Eso ha sido un gran reto; la negociación y renegociación ha sido clave.

• Como comenté: mi primera aproximación a la escuela en casa fue intentar que mis hijos siguieran el programa de trabajo que sugiere el sistema escolarizado. Estaba en un error. Ahora nuestra prioridad máxima es procurar la salud emocional de “mis estudiantes” y su familia.

• La segunda prioridad en casa ha sido fomentar otros aprendizajes. Los educandos de hoy necesitan estar preparados para pensar críticamente, resolver problemas, ser flexibles y creativos, mostrar competencias interpersonales, así como de tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Ese otro conjunto de habilidades y competencias preparan a nuestros estudiantes para el mundo del siglo XXI. Idealmente esta experiencia atropellada ante el confinamiento nos ayude a que como padres nos involucremos más en promover esos aprendizajes.

• Finalmente, considero que el sistema educativo también debiera aprovechar la oportunidad para repensar las prioridades de enseñanza en nuestras escuelas y la importancia de los otros aprendizajes. Sin embrago, en primera instancia habrá que pensar qué haremos cuando regresen los niños a las escuelas: ojalá y no sea regresar para aprender cosas superficialmente y a la carrera; ojalá y no sea regresar para mostrar y revisar evidencias; ojalá y no sea para saturarnos de procesos administrativos superfluos. Esperamos que cuando regresen los estudiantes a sus escuelas sea cuando tengamos las condiciones de salubridad necesarias. Ojalá y entonces demos prioridad a que la comunidad escolar pueda reencontrase, valorarse, fortalecerse y reinventarse.

 

Jimena Hernández-Fernández
Profesora investigadora en el Programa Interdisciplinario sobre Política y Prácticas Educativas del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).