La educación ambiental en un mundo incierto

El pasado 26 de enero se celebró el Día Mundial de la Educación Ambiental, proclamado por las Naciones Unidas en 1975, cuando se suscribió la “Carta de Belgrado” en la extinta Yugoslavia. Ese día es para algunos un motivo de celebración porque sigue vigente la necesidad de educar ambientalmente a la población y por configurarse como uno de los caminos viables para enfrentar la crisis ambiental, donde el problema del cambio climático a nivel global se erige como el mayor desafío para la humanidad. Para otros tantos no hay nada que celebrar porque en la actualidad siguen presentándose índices de deterioro socioambiental que —lejos de pensar en su posible solución— se incrementan de forma alarmante, manifestando una realidad que pocos podrían ocultar o desconocer, aunque haya pretensiones constantes para ello.

Ilustración: Cam de la Fu
Ilustración: Cam de la Fu

Al respecto, me ubico en un nivel intermedio, porque si bien es cierto que la educación ambiental (EA) aún no ha podido cumplir con su objetivo medular de ofrecer nuevas posibilidades para transformar las relaciones que establecen los seres humanos consigo mismos y con la naturaleza, es lícito reconocer que su función como motor de transformación social ha tenido niveles de incidencia importantes en la población y en los espacios institucionales y comunitarios en los que se ha hecho presente. Ello no implica dejar de reconocer que los problemas ambientales continúan.

La forma en que se han concebido y practicado los procesos educativos vinculados al medio ambiente en nuestro contexto obliga a pensar su evolución futura desde la perspectiva de la celeridad y la radicalidad, toda vez que ha sido evidente cómo en las últimas décadas los seres humanos hemos depredado la naturaleza y la vida misma de una forma inusitada, lo cual nos ha colocado —en diferentes grados y niveles— en momentos de inédita transformación que, en la actualidad, se complejizan aún más con la aparición del virus SARS Cov-2. De tal suerte que es impostergable emprender procesos de análisis, diálogo, reflexión y propuesta que conduzcan a pensar los fenómenos de la realidad desde otros ángulos, entre ellos, claro es, lo educativo-ambiental.

La situación imperante reitera que los problemas ambientales persisten y que sus repercusiones en la salud de la población, en los procesos productivos y en los ecosistemas donde se sustenta la vida en el planeta son cada vez más perjudiciales. Las referencias expresadas en el “Informe de la Situación del Medio Ambiente en México 2018” dan cuenta de algunos de los retos que debemos enfrentar en esta materia. Por ejemplo, se advierte que debemos “reducir la pérdida de la degradación de los ecosistemas terrestres y acuáticos; conservar la biodiversidad; asegurar la disponibilidad y calidad del recurso hídrico; reducir los gases de efecto invernadero; avanzar hacia una adaptación al cambio climático y mejorar la calidad del aire en muchas de las zonas urbanas”, entre otros temas urgentes.

Un texto que puede ofrecer otras pistas para empezar a pensar sobre nuevos horizontes de posibilidad —en relación con el campo de la EA— es el libro de Isabelle Stengers En tiempos de catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene, en el cual se señala que no podemos seguir con esa adoración por el modo de producción capitalista porque este modelo económico lo único que ha demostrado es su gran efectividad para depredar la naturaleza y para sumir a millones de individuos en la exclusión y marginación social. En el texto se insiste en que no podemos seguir con el crecimiento económico como base para el desarrollo ni para que los países alcancen sus objetivos de bienestar social y protección del medio ambiente. Esto porque el propio sistema no puede “reparar” lo que él mismo creó; sería ingenuo pensarlo en esa dirección, insiste la autora. Baste revisar lo ocurrido en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-26), celebrada en Glasgow, Escocia, en octubre-noviembre de 2021, donde se buscaba generar un mayor compromiso y responsabilidad de los países más desarrollados, en relación con la emisión de los gases de efecto invernadero, lo cual fue un fracaso y resultó en una manipulación de las grandes instituciones de capital financiero, quienes dictaron los lineamientos y tomaron el control de la cumbre, tal y como se reporta en el informe del Corpore Observatory Europeo: “COP 26. Al mando, los financiadores de los peores contaminadores. El ecoblanqueo de una cumbre climática clave”, para confirmar esta afirmación. Isabelle Stenger puntualiza que, si seguimos con una confianza absorta por el crecimiento económico, “nos vamos a ir contra la pared” porque no podremos salir del atolladero en el que nos encontramos. La misma Stenger señala: “Hoy en día nos enfrentamos ya no sólo con una naturaleza que ‘hay que proteger’ contra los destrozos causados por los humanos, sino también con una naturaleza seriamente capaz de perturbar nuestros saberes y nuestras vidas”. Ante tal escenario, debe ser vital el reconocer que existe un problema que involucra a los diferentes grupos de la sociedad, de manera diferenciada sí, pero que debe ser atendido con mayor conocimiento, creatividad y decisión, porque desgraciadamente para muchos el problema ambiental es una “moda” o un tema de actualidad que pronto será sustituido por otro de mayor cobertura.

La “normalidad” actual, que lleva al virus como pasajero permanente, derribó también muchas de nuestras probabilidades, conjeturas y explicaciones sobre lo que ocurriría con la pandemia y sobre el acontecer futuro, donde muchos siguen esperando la “vuelta a la vida” como era antes. Pero eso no ha ocurrido y la situación llama al análisis y reflexión sobre lo que acontece y sobre el papel que deben jugar los procesos educativos, toda vez que este nuevo escenario ha provocado que la mayoría de nuestra vida haya migrado al espacio virtual; desarrollamos un porcentaje importante de nuestras acciones a través de plataformas digitales, con un mínimo de movimiento y en espacios definidos al interior de nuestros hogares.

Es en este contexto donde ubico algunos de los grandes retos para la EA, en la medida que debemos preguntarnos: ¿qué hacer y cómo para que el individuo se preocupe por el medio ambiente? ¿Cómo orientamos la atención de los sujetos hacia el establecimiento de nuevas formas de relación e intercambio con los demás sujetos y con la naturaleza? Cuando la atención de los individuos se encuentra concentrada en el espacio virtual y cuando se nos ha brindado la posibilidad de “fugarnos” de manera instantánea a otras realidades, a cualquier parte o a varios lugares a la vez, sin costo alguno, sin tiempo para desplazarnos, sin salir de nuestro hogar o de una habitación concreta, ¿qué hacer y cómo?

Esta nueva condición puede representar un punto de inflexión que nos ayude a construir las herramientas intelectuales y prácticas para generar otros espacios y trayectos en relación con los procesos educativos vinculados a lo ambiental. En palabras de Bruno Latour, será necesario reflexionar sobre aquello que es importante y sobre lo que es irrisorio, a fin de tomar como aprendizaje lo que vivimos con la pandemia y para que la intervención del virus nos sirva como “ensayo general” para enfrentar la próxima crisis. En suma: tenemos como desafío, en lo inmediato, retroalimentar nuestras condiciones de vida, al igual que todos los detalles de la existencia diaria, pero esto no debe ser sólo para algunos, sino para todas y todos quienes habitamos el planeta. Asimismo, debe ser un proceso que debemos resolver con sumo cuidado ya que precipitarnos a dar soluciones o respuestas carentes de reflexión, análisis y maduración, puede conducirnos a mayores problemas de aquellos que hoy enfrentamos.

En el contexto descrito es inevitable preguntarnos qué es ser una educadora o educador ambiental actualmente, se debe revisar si es aquel sujeto que a través de un proceso de intercambio multidireccional y multireferenciado de información, conocimientos, imágenes, prácticas y reflexiones, motiva el análisis y crítica de los mismos, con lo cual busca la construcción de nuevos conocimientos, valores, síntesis y experiencias en relación con el medioambiente. Esto con el fin de potenciar nuevos escenarios pedagógicos que contribuyan al establecimiento de nuevas formas de relación socioambiental y de formación ecociudadana que no tengan como principio básico el deterioro de la naturaleza y la pauperización de la vida humana sino, por el contrario, que sea un germen para pensar en futuros posibles más promisorios para todos en este momento histórico.

En esta pretensión, la participación activa de los educadores ambientales en el país cobra una relevancia significativa, ya que estamos llamados a dirigir nuestros esfuerzos en múltiples espacios y contextos específicos, tales como las áreas naturales protegidas, las oficinas de turismo, la docencia, el servicio público, los recintos universitarios, la investigación educativa, y las iglesias; con mujeres y hombres del hogar; con campesinos, sólo por mencionar algunos ejemplos.

Como se ha apuntado, las condiciones de nuestro momento histórico lo demandan y la situación de la pandemia nos lo exige. Es prioritario replantearnos como educadores ambientales algunos de los presupuestos en torno a las actividades educativas y de transformación social que desarrollamos, de ahí lo imperativo de ampliar el debate sobre cómo formar al individuo en el campo de la EA, cómo formar a un sujeto con un profundo sentido crítico, social y humanista para que se involucre en el desarrollo de propuestas educativas relacionadas al medio ambiente, desde la complejidad y la emancipación. Se trata de un enorme reto, sin duda.

Un desafío más será articular los procesos de la educación ambiental a la vida cotidiana de los individuos, dejar de pensar que sólo se aprende en las aulas, en los espacios escolares institucionales o con el desarrollo de prácticas ambientales en la universidad. Lo anterior se vincula de manera directa al tema de la “práctica” en este campo de conocimientos, ya que ha sido reiterada la pretensión —hasta insistente— de algunos de los educadores ambientales para contar con una mayor experiencia de cuestiones prácticas en su proceso de formación profesional, por encima del análisis y revisión de los fundamentos teóricos del propio campo. En un ejercicio de indagación realizado en 2019, a se les preguntó estudiantes egresados del posgrado en educación ambiental de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) sobre cuáles serían algunos de los temas o actividades que requerían con más énfasis en su proceso formativo; su respuesta, en un porcentaje significativo, fue: “Necesitamos más cuestiones prácticas”. Este señalamiento merece ser revisado con detenimiento y acuciosidad para tratar de develar a qué se refieren con lo práctico; se requiere contar con mayores posibilidades de implementar respuestas educativo-ambiental de sólida integralidad.

En esta misma tesitura es prioritario “desacralizar” los procesos de formación de educadores ambientales. Algunos de quienes acuden a este tipo de espacios de formación-actualización de conocimientos y prácticas los conciben como complejos, con pocas posibilidades de participación para quien no ha seguido una carrera académica y con escasas posibilidades para desarrollar una investigación que derive en una tesis de nivel maestría o doctorado. Una idea que habría que cambiar.

La vinculación con otros campos disciplinarios se vuelve primordial para el campo de la EA; es decir, vincularnos como educadores ambientales a disciplinas como la filosofía, el arte, la literatura, la arquitectura, la música, la tecnología, entre otros puede brindar oportunidades para construir nuevos acercamientos y respuestas ante la crisis ambiental. Esta pretensión no es inédita, es un señalamiento en el que se ha insistido en las últimas décadas, pero donde han sido escasas las experiencias desarrolladas en esta dirección. La presencia de educadores ambientales y su vinculación con los medios de información y comunicación es otra de las acciones a desarrollar como parte de una nueva reorientación de los trabajos del campo de la EA. Ello responde a la necesidad de desarrollar propuestas de información y comunicación ambiental que permitan fortalecer la toma de postura y la construcción de opinión en los diferentes grupos de la población, toda vez que hemos sido testigos de cómo un mensaje impreciso o que falta a la verdad provoca una distorsión del fenómeno o hecho y —con demasiada frecuencia— conduce a una confusión y posicionamiento erróneo por parte de los individuos.

Como campo de conocimientos y como gremio de educadoras y educadores ambientales es sustantivo pensar en nuevas formas de organización, vinculación e intercambio entre los propios educadores y la sociedad en general; en el contexto mexicano sólo existe una Academia Nacional de Educación Ambiental y, en el horizonte inmediato, no se vislumbran otras formas de organización de quienes participan en él.

Generar una proyección social más amplia de las educadoras y educadores ambientales se perfila como otro de los desafíos en los años futuros, en la medida que la educación ambiental cuenta con una limitada y marginal presencia en la sociedad. Podemos verificar esto cuando nos preguntamos ¿dónde puedo encontrar una educadora o educador ambiental?

Por último, urge reflexionar sobre el hecho de que le hemos dedicado mucho tiempo a decir por qué están mal las cosas en lo ambiental, pero le hemos dedicado poco tiempo a señalar cómo podrían hacerse mejor y es precisamente en este contexto donde los educadores ambientales en el país todavía tienen mucho que hacer y mucho que decir.

 

Miguel Ángel Arias Ortega
Académico del Posgrado en Educación Ambiental de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y presidente de la Academia Nacional de Educación Ambiental (ANEA)

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Publicado en: Educación y pandemia

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