Así como hay infinidad de maneras de observar la vida, abundan los enfoques para revisar los sistemas escolares. Desde hace siglos —al menos desde la consolidación del capitalismo como modo de producción dominante— el análisis y la reflexión sobre la educación dejó de ser privilegio de filósofos y educadores. Observadores de otras disciplinas irrumpieron con ideas novedosas y controvertidas.
Jean Jaques Rousseau —un clásico— fue uno de los más conocidos con su Emilio o De la educación y con su Discurso sobre el origen de la desigualdad. El primero, si bien escrito como novela, es un tratado sobre la bondad innata del ser humano que evoca la actividad —y el drama— de los educadores. El tutor del joven Emilio trata de guiarlo para que ejerza las virtudes del ciudadano, aunque la sociedad sea corrupta. Es un compendio de política y moral. El segundo destaca a la desigualdad moral como una deformación de las religiones cuya solución radica en la educación.
No obstante, en los tiempos de Rousseau los sistemas escolares apenas comenzaban a emerger. La mayor parte de la enseñanza era en los hogares y escuelas parroquiales. En cambio, años más tarde, Émile Durkheim trabajó de forma sistemática sobre la escolarización como un hecho social, una creación de sociedades organizadas y una labor del Estado. Él también se interesó en la educación moral, pero más como una perspectiva de transformación de la sociedad. Sentó las bases de la sociología como disciplina impulsora de una educación intelectual, con base en el pensamiento racional y moral, para promover la homogeneidad entre las clases sociales.
En el siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, los economistas inundaron los análisis de la educación, prestando especial atención a su contribución al desarrollo económico. A Theodore Shultz, premio Nobel de economía de 1961, se debe la paternidad de la teoría del capital humano y hasta el sellado del concepto. Este enfoque economicista se volvió dominante en la época de la globalización al convertirse en consigna de los organismos intergubernamentales más importantes, como el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
En contrapartida, pensadores neomarxistas y de otras corrientes críticas lanzaron opciones que juzgan a la educación como otro aspecto más de la dominación del capital sobre la vida social. La catalogaron como imperialismo cultural (Martín Carnoy); aparato ideológico del Estado capitalista (Louis Althusser); y reproductora de las relaciones sociales de producción (Samuel Bowles y Herbert Gintis; apuntando además que se rige por la arbitrariedad cultural (Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron).
En su nuevo libro, La escuela bajo sospecha: sociología progresista y crítica para pensar la educación para todos (Siglo XXI, 2021), el sociólogo italo-argentino Emilio Tenti Fanfani rinde pleitesía a sus padres intelectuales —Durkheim, Marx, Weber, Elías y Giddens— pero reserva un lugar de honor para Pierre Bourdieu. No sólo le propina reverencia, sino que hace comprensible su pensamiento. En las paráfrasis de Emilio Tenti, el lenguaje bourdieuano abstracto se transforma en frases inteligibles.

Trama y trayecto de la suspicacia
La escuela bajo sospecha presenta un compendio complejo de la escolaridad en Argentina —y, por extensión, en América Latina— en las últimas décadas. El libro, sin embargo, es mucho más: cada capítulo es una cátedra de sociología de la educación, a veces maridada con antropología social, ciencia política, pedagogía y psicología. Por si fuera poco, Tenti también nos ofrece una crítica fundada a la teoría del capital humano.
En la introducción en primera persona, Tenti explica su proceder y esboza las dudas que lo impulsaron a escribir este libro; también apunta algo de su biografía intelectual y de obras anteriores, en especial, La escuela vacía. Después, en diez capítulos, va a la sustancia, revisando desde las cinco tensiones —que los neomarxistas acaso llamarían “contradicciones”— que coexisten en la vida cotidiana de los sistemas escolares de educación básica hasta el análisis de lo que será la educación tras la pandemia, todo para retomar su postura en favor de una escuela igualitaria. En la Introducción y las apostillas finales, Tenti plantea asuntos normativos y hace una apología —sensata, no de relumbrón— de la sociología de la educación como herramienta para resolver problemas prácticos.
Tal enfoque normativo no va en detrimento de la calidad de su argumentación. El discurso analítico de Emilio Tenti destaca por su perspectiva crítica, tanto de las prácticas tradicionales y de la idea romántica que muchos tienen de la escuela antes de la pandemia —unos la ven como si siempre hubiera sido buena— como del panegírico que otros postulan de la sociedad del conocimiento.
Dos conceptos importantes en su escrutinio son el del conocimiento y el de capital cultural. La paternidad del segundo es inconfundible: Pierre Bourdieu. Empero, desde la exposición de la primera tensión de la educación básica —aquella entre la masificación y la concentración de conocimiento poderoso— surge una duda. Tenti apunta que el conocimiento poderoso es ese que vale tanto para acceder tanto al trabajo digno y bien remunerado como al respeto y el reconocimiento social y —más adelante, cuando el conocimiento es racional y complejo— también al reconocimiento científico y técnico. Mi recelo es el siguiente: ¿en qué se diferencia el concepto de conocimiento poderoso del de capital humano? Sería conveniente que Tenti planteara una definición abstracta y sistemática del conocimiento poderoso, tal y como lo hace con el concepto de capital cultural y sus diversos tipos: tecnológico, técnico financiero, comercial, de gestión y humanista.
En varios capítulos Tenti enlaza con habilidad la visión del sociólogo con la del analista de la política entendida no como la suma de políticas públicas, sino en la tradición clásica de las luchas por el poder y el control del Estado. La idea del Estado educador, basada en la obra Weber y otros autores contemporáneos, es la síntesis de ese ensamble conceptual con una narrativa pertinente a la sociología política.
Otro acoplamiento virtuoso sucede cuando el sociólogo se introduce en el terreno del cotejo de la vida cotidiana de las escuelas y trata de las vicisitudes y virtudes del trabajo docente. Retoma preocupaciones pretéritas, algunas que compartió con Juan Carlos Tedesco en “Nuevos tiempos y nuevos docentes”, una ponencia para el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación de México. Otra, más propia, es El oficio de docente, título que evoca a la obra de su mentor Bourdieu, autor de El oficio del sociólogo. Tenti también retoma otra obra más, ésta escrita con Cora Steinberg, Los docentes mexicanos. A lo largo del libro, el argentino manifiesta un respeto por el maestro, pero no romantiza su identidad.
Tenti también contrasta las visiones de pedagogos e historiadores que discuten el concepto de vocación. Elabora una tipología weberiana sobre las trazas de la vocación docente, pero no lo hace en abstracto, sino para compararla con visiones tecnocráticas. Distingue tres tipos de vocación docente: la innatista, o del llamado interior, como aquella del sacerdocio; la que proviene del desinterés; y la que surge del compromiso ético y moral. Al leer estos pasajes, me vino a mi mente el mentor de Emilio en la obra de Rousseau. Esos enfoques —metafísicos, si se quiere— proveyeron advenimientos para edificar la identidad del docente como profesional, trabajador asalariado y hasta artista.
No obstante, con la emergencia de la globalización, el Estado educador deviene también en el Estado evaluador que categoriza, clasifica y sanciona a los docentes conforme a su desempeño. En este andamiaje se hace obvia la presencia de Max Weber en el razonamiento de Tenti. A causa del papel del Estado evaluador, argumenta Tenti, se despliegan nuevas políticas de identidad de los docentes —identidad hoy fragmentada— donde, tal vez, la moral y la ética representan papeles secundarios. Tenti destaca las luchas políticas de maestros, gremios y sindicatos en contra de las estrategias de evaluación y concluye que “es probable que en el futuro aparezca una configuración del oficio resultado de una nueva combinación entre vocación, profesión, condición asalariada y politización”. Tenti brilla en el tratamiento de nivel y campo, —conceptos provenientes de Bourdieu— en el análisis de instituciones como la familia y de las políticas de educación.
El espíritu humanista e igualitario del sociólogo emerge en las palabras que utiliza en su examen de los efectos de la pandemia en la sociedad y en la educación. Más para destacar las luchas futuras por la equidad y la igualdad, Tenti hace un estudio en prospectiva sociológica y plantea tres proyectos, uno con miras a la rehabilitación del sistema y dos como perspectivas antagónicas de rediseño tras la pandemia.
Aprovecho este tramo para destacar la afinidad de pensamiento entre el sociólogo y el analista de la política. En un ensayo incluido en un libro compilado por Gilberto Guevara Niebla y Adrián Acosta, Educación: estrategias para la recuperación, yo también me ocupo de la construcción de escenarios que coinciden casi hasta en los títulos. No hay consanguinidad en el método, pero sí en las premisas de cada tablado, que puede verse en el siguiente cuadro:
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Emilio Tenti |
Carlos Ornelas |
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El escenario conservador/restaurador |
Primer escenario: restauración jerárquica |
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El proyecto tecnocrático mercantilista |
Segundo escenario: La modernización strikes back |
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El escenario igualitarista |
Tercer escenario: La edutopía en marcha |
Tenti va más allá del análisis y en sus apostillas retoma ideas centrales de sus mentores, Durkheim, Weber y Bourdieu. Aunque percibe que el tramo será muy largo, dada la dinámica de reproducción de las desigualdades, sugiere que un “conocimiento más profundo de ellas permitiría desplegar políticas de igualdad menos idealistas, pero más eficaces ya no para eliminar las desigualdades, sino para reducirlas progresivamente a lo largo del tiempo”.
La reflexión de Tenti sobre la globalización —la raíz del proyecto tecnocrático mercantilista— y sus efectos en los sistemas escolares me hizo pensar en una especie de neoimperialismo cultural, a la Martin Carnoy. El argentino también aborda la construcción de ciudadanía para el presente y el futuro; filosofa sobre el lenguaje de la pedagogía y las denominadas ciencias de la educación. Tenti remata con cavilaciones sobre el desarreglo y la mezcolanza entre ciencia y literatura, además de que incluye una crítica —si bien no demoledora— a la pedagogía, incluso a la pedagogía crítica.
Juicio sumario
En La escuela bajo sospecha, Emilio Tenti Fanfani exhibe los mejores atributos del sociólogo. Realiza análisis penetrantes, rigurosos, con base en conceptos que extrae de pensadores clásicos y contemporáneos, pero añade frutos de su propia cosecha. Muestra, para usar su concepto, un conocimiento poderoso de las tramas de los sistemas escolares.
Su lenguaje es fragoso, pero no rebuscado; de hecho, hace la crítica demoledora a los científicos sociales que usan palabras pomposas quizá con el ánimo no de hacerse entender sino para parecer seductores u ocultar sus deficiencias. Su escritura, además, tiene las virtudes de ser accesible y al mismo tiempo aventurada, incluso elegante en porciones que evocan a un literato en ciernes, con todo y que ya tiene bastante kilometraje recorrido como autor académico.
Lo más trascendente de su obra, pienso, es que hace un examen perspicaz del sistema escolar de Argentina, pero en un contexto global cambiante. Tenti justifica con creces porqué, en su visión, la escuela como la conocemos hoy está bajo sospecha: “En este escenario, la vieja creencia en la expansión de la escolarización como mecanismo privilegiado para la construcción de una sociedad más igualitaria tiende a debilitarse, en la medida que las evidencias indican que no existe una relación mecánica entre democratización del acceso a la educación escolar y reducción de las desigualdades sociales”.
Más aún, el sociólogo especula y avizora posibilidades para el futuro. Como educador, toma una posición política, ideológica y filosófica sobre ese devenir. Su texto es un obsequio para la mente y la reflexión, y también una invitación a participar en la construcción de un futuro igualitario y democrático donde la escuela sea manantial de confianza, no de sospecha.
Carlos Ornelas
Profesor de Educación y Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco