La guerra de las ideologías por la educación

Dos paradigmas confrontados

Decía Edgar Morin que un paradigma es una organización del pensamiento que contiene los conceptos y categorías que permiten conocer algo, así como las relaciones que atraen las ideas afines, rechazando las que no le corresponden. En otras palabras, […] “son los principios ocultos que gobiernan nuestra visión de las cosas”, es el esquema de pensamiento que permite conocer algo, por lo tanto, no es consciente.  

Esta noción pudiera explicar por qué razón la Nueva Escuela Mexicana (NEM) ha sido controvertida, ya que implica un cambio paradigmático con respecto a los modelos educativos anteriores que fueron aplicados desde la Revolución Mexicana hasta el 2018 en nuestro país. Estos se basaban, en general ⎯y con sus matices diferenciadores en cada caso⎯ en el paradigma que emerge en la modernidad clásica que fue identificado por este mismo autor francés, como aquel que integra los principios de la Ilustración que explican la vida, el mundo y el universo desde la razón que lleva al conocimiento del objeto en ciencias disciplinares distintas que, desde una sola perspectiva, si bien lo caracterizan, también lo reducen a su propia mirada. Asimismo, se busca eliminar el oscurantismo y la ignorancia desde la secularidad para promover el progreso de la humanidad de manera continua y lineal.

En este contexto, la educación formal fue considerada el instrumento por excelencia para hacerlo. Así, la transmisión de la cultura adquirida por una generación mayor a una menor en disciplinas separadas (lenguaje, matemáticas, ciencias, etc.) mediante prácticas pedagógicas que se concentraban en la apropiación del conocimiento era prioritaria; de ahí que la evaluación de los resultados alcanzados fuera un elemento fundamental y, aunque esta siempre ha sido parte de la educación, se le fue dando cada vez más peso a los exámenes como muestra del logro obtenido, lo que se llevó a cabo desde mediados del siglo XIX a la fecha.

A finales del siglo XX, los fundamentos filosóficos y epistémicos de este paradigma se ajustaron a la instalación progresiva del neoliberalismo, un sistema económico que pone al centro de la vida humana al libre mercado como mecanismo de progreso, disminuyendo la participación del Estado en la economía, al mismo tiempo en que regula que esto sea posible. En este contexto, la educación se concreta como el instrumento que prepara a las y los estudiantes para la competitividad, haciendo hincapié en el logro individual de los aprendizajes de la lectura, las matemáticas y las ciencias como fundamentos que permiten que la población acceda a los beneficios que el comercio internacional genera en la globalización.

En el fondo se encuentra un supuesto teleológico: se educa para vivir en una sociedad con una cultura ya dada que, al mismo tiempo que la conserva, también la recrea e innova al resolver los problemas que se vislumbran, mejorando los avances hacia el progreso ya alcanzados por la humanidad: la disminución de la mortalidad, morbilidad, un mayor acceso a la salud y a la educación básica, a los servicios de luz, agua potable, transporte, comunicación y entretenimiento a la par de una carrera armamentista; valiéndose del conocimiento, la ciencia y la tecnología.  

Por ello, los resultados esperados por la educación se miden con respecto al perfil de egreso que se desea formar: ilustrado, científico, capitalista, competitivo, apto para construir el conocimiento necesario con la tecnología. 

A contracorriente, la NEM se construye desde “el paradigma otro”, el de las epistemologías del sur, que parte del principio de que la educación no puede transmitir un conocimiento único, desde una élite dominante, en disciplinas de origen europeo que desconocen los saberes tanto de los pueblos originarios que fueron colonizados como de “la otredad en su conjunto”, aquellos que han sido discriminados: las y los pobres, las mujeres, niñas, personas con discapacidad, con una orientación e identidad de género y sexual distinta, o bien, los migrantes. Esto trajo como consecuencia que estos vivan en la opresión, pobreza, desigualdad, explotación y en continua discriminación, y que, además, exista una sobreexplotación del medio ambiente que consolida y favorece lo anterior. 

Debido a esto, se propone analizar la realidad cotidiana desde perspectivas distintas, no sólo disciplinares, en asignaturas, sino en campos de sentido, llamados formativos de naturaleza interdisciplinar, que se construyen desde el significado que se otorga a aquello que se observa en el contexto mediante el desarrollo de las capacidades que se plasman en los ejes articuladores, el Plan 2022, lo que posibilita construir la igualdad de derechos desde el pensamiento crítico social. 

Lo anterior permite identificar los problemas de la vida real y cotidiana, para que, en un acto de reflexión personal y colectiva, un diálogo horizontal, educando-educador y entre pares, se determine qué se puede hacer para enfrentarlos, sirviéndose de la acción en proyectos que, al ser producidos por las y los estudiantes, busquen su transformación.  

El resultado esperado que se infiere de su teleología no es la transmisión de la herencia cultural ni tampoco de los conocimientos y las ciencias o su capacidad para generarlas; esto pasa a segundo término, más bien busca una ciudadanía crítica capaz de modificar la realidad por la acción comunitaria desde una visión más humanista, no tecnócrata. En teoría, esto es lo que se tiene que evaluar en el proceso de evaluación formativa que se aplica, identificando qué intervención docente se requiere a todo lo largo para que lo logren.  

Cam de la Fu
Las ideologías emergentes de los paradigmas

Detrás de cada uno de estos paradigmas y sus modelos respectivos como representaciones conscientes se encuentra una discusión teleológica, que luego se convierte en filosófica-epistémica y que finalmente es pedagógica y didáctica. Es decir, que no persiguen los mismos fines, se alcanzan por medios diferentes y los resultados son distintos, por lo que no se pueden evaluar de la misma manera. Dadas sus diferencias, se genera una gran polarización social porque en el fondo hay ideologías contrapuestas.

Hannah Arendt decía que una ideología es la explicación-acción del mundo a partir de la lógica de una idea que excluye a las otras. En palabras de Morin, cuenta con un núcleo viviente, emerge de un paradigma, es consciente, pero inicia y termina en un mito. Así, en el primer paradigma analizado, lo único y más importante en la educación es que se encuentre basada en la razón, el conocimiento, la ciencia, la tecnología y el progreso. En el segundo, igualmente y de manera exclusiva, su cuestionamiento a través del análisis crítico de la realidad resultante de su aplicación para su transformación por la acción colectiva. En otras palabras, desde su origen ideológico son mutuamente excluyentes.

La pregunta es si, desde la visión de cada uno de ellos, se ha respondido a las necesidades educativas que se enfrentan en México en el siglo XXI. La realidad es que ninguno de los dos paradigmas, con sus respectivas ideologías y modelos, ha logrado sus intenciones. Basta con mirar al país como está. ¿Qué les falta a ambos? En mi opinión, una visión más comprensiva de la realidad que no se encuentre sometida a una sola ideología, cualquiera que esta sea, porque la sociedad mexicana es diversa, no domina un solo tipo de pensamiento.  

La necesidad de construir consensos paradigmáticos 

Los modelos educativos existentes no se han cuestionado si lo que proponen responde a una realidad más amplia, no limitada a su propio paradigma y a sus expresiones. Así, en el primero, se parte del supuesto de que los problemas, incluso los emergentes, se resuelven con más de lo mismo. De alguna manera, el desarrollo de la capacidad crítica, sobre todo la social para cuestionar lo propio y la ética, se fue dejando de lado; basta con ver las prioridades: más horas de lenguaje, matemáticas, ciencias y mucho menos de formación cívica y ética, y en algún momento hasta la eliminación de las materias filosóficas que se dio en el bachillerato en el 2008. Amén de un aprendizaje centrado en lo individual que deja de lado el saber hacer en colectivo. Habría que hacerse la pregunta: ¿En qué medida este paradigma y modelo ha contribuido a la crisis civilizatoria y la violencia que tenemos ahora, en donde los asesinatos se dan hasta en la escuela?

Por otra parte, la NEM parte del supuesto de que, “sin el dominio” del conocimiento básico lingüístico, científico, matemático, histórico, geográfico, cívico y ético, o sin tener un nivel alto de competencia lectora, escribir correctamente y resolver problemas, se puede transformar un problema en la vida real y cotidiana; que eso sólo es posible con el pensamiento crítico y los saberes populares. Los resultados obtenidos en la evaluación de Mejoredu en el 2024-2025, mediante sus Ejercicios Integradores de Aprendizaje, revelaron que no es así; en éstos, los estudiantes debían analizar un problema de la vida real para generar propuestas de solución, pero no fue el caso.

Habría que pensar: ¿podría ser posible una articulación compleja que considere las aportaciones, tensiones, críticas y, aun contradicciones de ambos paradigmas, en un modelo conjunto? ¿Sería necesario un consenso educativo mínimo sobre a dónde se dirige la educación en el país y cómo?

Un ejemplo plausible es, nuevamente, el caso de Finlandia, que en febrero de este año presentó su visión de la educación para el 2045. Parte de un principio filosófico: el Sivistys o Bildung, la definición comprensiva de que la escuela es un núcleo de motivación para utilizar el conocimiento y las competencias propias en favor del bien que moldea el camino del país para un futuro positivo. Esto implica que su objetivo central es darle sentido, significado, propósito a la vida con esperanza para el bien común, fortaleciendo el espíritu de comunidad requerido en la sociedad mediante las estructuras escolares con sentido de pertenencia. 

Para lograrlo, incluye los aprendizajes fundamentales y las competencias científicas, matemáticas, pero también filosóficas, éticas, medioambientales, socioemocionales, los valores humanos y el desarrollo de la agencia propia necesaria, valiéndose de la integración de las habilidades críticas para la transformación de la realidad en la era de la inteligencia artificial.

Lo interesante de esta visión, aunque no es perfecta y se contextualiza en el clima político finlandés, es una articulación de ideas que en México son un conflicto continuo entre la derecha y la izquierda: conocimiento y competencia versus pensamiento crítico social con capacidades para la transformación de la realidad, aprendizaje individual como fin o el desarrollo de una vida con sentido y significado colectivo en comunidad. La escuela como lugar de aprendizaje en contraposición a un lugar de encuentro y colaboración para el cambio con sentido.  

Lograr una visión de largo plazo como la finlandesa emerge de la humildad de sus miembros para aceptar las contribuciones de cada contraparte, aunque piensen distinto, porque al fin y al cabo ningún paradigma desaparece, sólo coexiste. 

Laura Frade Rubio

Presidenta de Calidad Educativa Consultores S.C. 

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Publicado en: Educación básica

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